NO SÉ SI DURANTE SIGLOS, pero sí en un largo tiempo histórico, el vicio oculto de la Iglesia, la pederastia, la agresión a los menores, la pedofilia, se convirtió en un gran silencio. Un silencio pesado, podrido, tras el cual se ocultó no solo la agresión delictual contra miles y miles de criaturas indefensas, sino la complicidad de las autoridades eclesiásticas, la tácita solidaridad con aquellos que constituían la negación de los valores que predicaban.
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GUARDÓ SILENCIO LA JERARQUÍA. Es decir, el silencio turbio de los que debieron hablar a tiempo. Que estaban obligados a denunciar lo que conocían. Fue ésa la cara del silencio que permitió que la horrenda historia pasara desapercibida. En fin, el silencio del poder dentro de la Iglesia católica que pudo hacer algo a tiempo y no lo hizo.
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PERO ESTÁ EL OTRO SILENCIO. El de los agredidos. El de los seres acobardados por la humillación. El silencio del llanto a medianoche en la soledad del dormitorio después del ultraje cometido por el sacerdote y maestro en el cual depositó confianza y afecto. Ese silencio de los inocentes jamás trascendió. No podía por el muro que lo cercaba. El de la preservación a ultranza de la imagen de la Iglesia. El del secreto respecto a cualquier perversión. Porque la institución estaba por encima del delito y de los principios.
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AHORA EL SILENCIO EXPLOTA en el propio Vaticano. Prácticamente bajo la silla del Pontífice. O bajo su cama. Y la reacción del poder religioso que se observa constituye una especie de convalidación de la infamia. La condena es circunstancial y acomodaticia. Con lo dicho hasta ahora por la autoridad lo que se busca es continuar ocultando. Los cardenales que hablan sólo lo hacen para preservar la imagen de la institución y defender al Papado. Nada se dice de la suprema responsabilidad de la jerarquía, la que está en Roma y la de cada país.
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POR ESO UN NUEVO TIPO DE SILENCIO se suma a los otros silencios, el de los victimarios y el de las víctimas. Ahora se trata del silencio diseminado por el planeta de los que deberían decir algo y no lo dicen. Por ejemplo, las conferencias episcopales que siempre opinan sobre lo humano y lo divino. Que no pierden oportunidad para hablar de todo, de meterse en política, de pontificar sobre la moral y la ética, para recomendar virtud a diestra y siniestra.
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¿POR QUÉ LA CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA guarda silencio ante una situación que conmueve al mundo, que copa las primeras planas de todos los medios de comunicación, que desata opiniones diversas y desencadena la polémica? ¿Por qué la CEV, la del cardenal Urosa, la de los obispos Lückert y Porras, siempre pronta a decir la última palabra frente al delito, reclamar la defensa de la familia y de los menores, calla ahora ante la gravedad de lo que ocurre?
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¿ES QUE ACASO UNA SITUACIÓN tan grave no amerita ser tratada por la jerarquía de la Iglesia Católica venezolana para explicar racionalmente el tema, para orientar a una sociedad católica conturbada, abatida por el escándalo que afecta los resortes más sensibles de su fe? ¡Insólito, verdaderamente insólito!
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